Juan el ateo, ese que es ateo hace treinta años y es Juan hace cuarenta y tres, abre los ojos una mañana de domingo y lo sacude la emoción de pensar que en su buzón, el cartero ha depositado una carta de Dios.
Atontado y confundido por tal disparate, sacude la cabeza, se golpea las mejillas y suelta al aire algunas vocales roncas elegidas al azar para que lo arraiguen al mundo real. Pero la emoción lo embriaga y desconcierta aún más a medida que sus sentidos se van adecuando a la vigilia y su idea loca de una carta de Dios se mantiene firme. Siente la necesidad incontrolable de salir corriendo en busca de la carta, pero se controla y endurece las facciones, pone rígidos los brazos mientras en su mente se grita a sí mismo un autoritario “¡NO!” con la voz de su madre (detalle que garantiza los resultados de represión deseados).
Baja las escaleras pensando en preparar café para engañar a la mente, pero no se da cuenta que está olvidando la rutina dominical de quitarse el pijama, ducharse, ponerse las pantuflas y la bata. Ni siquiera se da cuenta que el frío empieza a erizarle la piel, porque su cerebro no hace más que tratar y tratar de pensar en café para no acordarse de esa dulce y atractiva carta celestial.
Prepara el café mientras echa unas miradas furtivas a través de la ventana para comprobar que el buzón esté allí.
Juan el ateo deja el agua hirviendo en la caldera y sale descalzo al jardín, con el corazón latiéndole en la garganta y los pulmones agitados en los oídos, las manos hormigueantes y los músculos contraídos con fuerza. Tiene miedo, le teme a ÉL, a lo que podría decirle, a las responsabilidades que podría encomendarle y a su capacidad de llevarlas a cabo. Le teme a su ira y a su compasión, y, mientras estas emociones le giran alrededor como fantasmas condenados que atormentan al vivo, susurra sin querer un tímido “Ay, Dios” a tiempo que abre la compuerta del buzón, para finalmente encontrarse con el polvoriento vacío habitual y enfrentarse a su incómoda vergüenza atea, que en conjunto con la normalidad le murmuran verdades en el oído.
martes, 2 de marzo de 2010
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