-Son los sesenta ¿Entendés?
-No.
Claro que no, no tenía nada que ver. Pero salió a la realidad como de costumbre solían aparecer contextos aleatorios de pedazos de su memoria. Se aferró con fuerza a la cama, la espalda encorvada y torcida hacia un lado, como un tronco y los labios fruncidos.
-Lo siento- dijo. Y la miró con las sejas en alto. Ella se limitó a trazar un mapa con el dedo índice sobre el lienzo de piel de su amante. Conocía todos esos caminos, pero no le apetecía ninguno. No quería pensar en ello, ni en los daños de la habitación.
Lo habían roto todo, y la década no tenía nada que ver con ello. Sólo el éxtasis, la desesperación y el cliché de ser tan humano.
-Quiero ser vampiro.
-Lo sé.
Cuando salieron de allí, él todavía no podía dejar de aferrarse a los objetos. Como si se fuera a volar de cuerpo entero, tomaba el volante haciendo que sus nudillos sobresalieran con fuerza. No hablaba mucho, pero nunca lo hacía. Llevaba puestas esas ropas de terciopelo viejo que tanto le gustaban, y olía a incienso. Una mezcla de almizcle, sal y humedad que despertaban en ella hasta la más insólita de sus fantasías. Esperaban al sereno en una masa de neblina de martes mientras gruesas gotas chorreaban lentamente por el parabrisas del auto. Sabían que tendrían que suplicarle perdón.
-Lo siento- le dijo al sereno. Como si sólo fuese su culpa. Esto le hizo a ella chasquear la lengua y por menos de un segundo se vio escapando de allí, con las piernas fornidas golpeando el asfalto, una tras de otra acompañadas de un ligero jadeo.
El sereno meneó la cabeza en un gesto de resignación. Llevaba la linterna prendida en su mano derecha apuntando al piso y la vista preocupada enfocada en el suelo. Parecía a punto de llorar.
Él, aún aferrado al volante, le miraba con expectativas de salir de allí.
-No pudimos evitarlo.- le dijo. Y el sereno continuó con la vista pegada al piso y la cabeza bailoteando en respuesta negativa.- Son los sesenta
sábado, 12 de diciembre de 2009
martes, 1 de diciembre de 2009
Bitácora
Sobre la costa del mar, un mar revuelto de olas grises y llano azul, cerca de la arena gruesa, en el balcón, sobre la silla reclinable se posaba como una gárgola vieja y fría. Sostenía la copa de licor entre cinco dedos de oro, largos, puntiagudos, y me miraba con los ojos estáticos. La veía por el costado. Con el pelo rubio y peinado, con la seda blanca revoloteando a la brisa y su media sonrisa de acero. Me quería, me deseaba, lo sabía por la forma en que la cabeza se le iba hacia atrás. Por la forma en que los párpados se le caían hasta mis caderas, y por sus pezones duros bajo la blusa. Porque los brazos se le movían gráciles cuando pretendía tocarme y se le humedecía la lengua.
-¿Qué pensaste?- me dijo. Yo miraba al mar sin verlo, soñando con aquello que no podía quitarme de encima. Recordaba y me dolía, me dolía. Se rió largando el aire por la nariz y dio un sorbo con sus labios salados al licor amarillento. Como concluyendo una cátedra brillante y arrogante de sexo impuro. Haciéndome recuerdo de que yo nunca tenía razón. -Pensaste que esa zorra se iba a quedar con vos. Que iban a adoptar bebés y se iban a limpiar la mierda mutuamente.
No tuve más que mirarme las manos. Casi invisibles.
Negué con la cabeza y miré a donde no podía verla. Saqué el frasco habitual del bolsillo del pantalón y puse la lámina en mi lengua.
-Vení- gruñó y me atrajo hacia ella de un tirón. Sentía la lámina disolverse dentro de mi boca, y sus senos bajo los mios. Se los toqué y un hierro frío me atravesó el estómago. Me besó el cuello y los recuerdos ardieron aún más.- Sos una puta.- murmuró en mi oreja, y la lamió excitada, hambrienta, loca.
No pude evitarlo, me puse a llorar. La odiaba, ella era el envase de todos mis males, la cocaina de mi adicción, la llaga de mi garganta, el demonio de mi universo. Sucia. Siempre mostrando sus arrugas, vieja, estúpida, tan llena de olores y provocaciones, me asqueaba con su violencia, con esas manos rápidas y ausentes que revolvían mi pelo.
La separación de mi cuerpo la dejó decepcionada, con el rostro perturbado y las piernas abiertas.
Mis lágrimas no le provacaban lástima, mucho menos ternura. Mi mirada herida no le hacía recuerdo de nada, mi juventud sólo era un dulce de colores, y su egoísmo la envolvía en la vejez.
Corrí, me deslicé entre suntuosos artefactos, tan fríos e insípidos como su sexo, y al llegar al espacioso dormitorio, con el mar a mis espaldas rugiendo furioso y el viento agitando el vidrio, abrí el armario. Allí estaba ella. Tan hermosa, tan muerta. Perfectamente colocada de costado, con la cara aún intacta, manchada de tintes rosados. Entre la ropa cara, entre zapatos de aguja, se colaba el cuerpo de mi amada. Mi abandonada, mi alma.
-¿Dónde estabas? - No respondió.- ¿Para qué te busco siempre, siempre, siempre, siempre si estás tan muerta?
Caí de rodillas y hundí la cara entre mis manos. Lloré y vomité la alfombra, hasta sentir un tirón en la espalda. La vieja escuálida me arrastraba de la camisa, yo aún sumida en mis pesadillas, sintiendo el reflujo de sus horribles besos alrededor de mi cuello como bichos. Con el olor de sus piernas en mis mejillas y las manos enchastradas de jugosa fruta ácida.
-Puta.- me dijo una vez más y me dio un puntapié en un costado. Se agachó, me corrió el pelo de la cara mientras largaba el humo del cigarro. Luego la vi alejándose montada en sus tacos altos y la seda transparente cayendo en una cascada todo a su alrededor. Era tan sexy. Atravesó la mampara de vidrio y se sentó en la misma silla a contemplar el mar. Aspiró cocaína y me invitó a comer.
-¿Qué pensaste?- me dijo. Yo miraba al mar sin verlo, soñando con aquello que no podía quitarme de encima. Recordaba y me dolía, me dolía. Se rió largando el aire por la nariz y dio un sorbo con sus labios salados al licor amarillento. Como concluyendo una cátedra brillante y arrogante de sexo impuro. Haciéndome recuerdo de que yo nunca tenía razón. -Pensaste que esa zorra se iba a quedar con vos. Que iban a adoptar bebés y se iban a limpiar la mierda mutuamente.
No tuve más que mirarme las manos. Casi invisibles.
Negué con la cabeza y miré a donde no podía verla. Saqué el frasco habitual del bolsillo del pantalón y puse la lámina en mi lengua.
-Vení- gruñó y me atrajo hacia ella de un tirón. Sentía la lámina disolverse dentro de mi boca, y sus senos bajo los mios. Se los toqué y un hierro frío me atravesó el estómago. Me besó el cuello y los recuerdos ardieron aún más.- Sos una puta.- murmuró en mi oreja, y la lamió excitada, hambrienta, loca.
No pude evitarlo, me puse a llorar. La odiaba, ella era el envase de todos mis males, la cocaina de mi adicción, la llaga de mi garganta, el demonio de mi universo. Sucia. Siempre mostrando sus arrugas, vieja, estúpida, tan llena de olores y provocaciones, me asqueaba con su violencia, con esas manos rápidas y ausentes que revolvían mi pelo.
La separación de mi cuerpo la dejó decepcionada, con el rostro perturbado y las piernas abiertas.
Mis lágrimas no le provacaban lástima, mucho menos ternura. Mi mirada herida no le hacía recuerdo de nada, mi juventud sólo era un dulce de colores, y su egoísmo la envolvía en la vejez.
Corrí, me deslicé entre suntuosos artefactos, tan fríos e insípidos como su sexo, y al llegar al espacioso dormitorio, con el mar a mis espaldas rugiendo furioso y el viento agitando el vidrio, abrí el armario. Allí estaba ella. Tan hermosa, tan muerta. Perfectamente colocada de costado, con la cara aún intacta, manchada de tintes rosados. Entre la ropa cara, entre zapatos de aguja, se colaba el cuerpo de mi amada. Mi abandonada, mi alma.
-¿Dónde estabas? - No respondió.- ¿Para qué te busco siempre, siempre, siempre, siempre si estás tan muerta?
Caí de rodillas y hundí la cara entre mis manos. Lloré y vomité la alfombra, hasta sentir un tirón en la espalda. La vieja escuálida me arrastraba de la camisa, yo aún sumida en mis pesadillas, sintiendo el reflujo de sus horribles besos alrededor de mi cuello como bichos. Con el olor de sus piernas en mis mejillas y las manos enchastradas de jugosa fruta ácida.
-Puta.- me dijo una vez más y me dio un puntapié en un costado. Se agachó, me corrió el pelo de la cara mientras largaba el humo del cigarro. Luego la vi alejándose montada en sus tacos altos y la seda transparente cayendo en una cascada todo a su alrededor. Era tan sexy. Atravesó la mampara de vidrio y se sentó en la misma silla a contemplar el mar. Aspiró cocaína y me invitó a comer.
sábado, 14 de noviembre de 2009
Bailando con Ludwig Van B. (2006)
El tocadiscos lo hacía frenéticamente, como un desesperado sexual ávido de música. Giraba paranoico bajo un fuerte rayo de sol que se colaba por la ventana mugrienta. El calor se elevaba más denso que las notas de la sinfonía, traspasando su gruesa piel blanca y drenando gotitas brillantes de sudor.
El tipo.
Su aspecto de cerdo congeniaba con el resto de las cosas. Fumaba un asqueroso cigarro mientras miraba a la vieja sentada en la silla al otro lado de la cama, con la espalada encorvada y una manta rosada de hilo colgada de los hombros. Su falda de paño grueso dejaba salir volando partículas polvo reflejadas por el rayo de luz, a cada golpecito que su mano le daba al son de la música. No miraba por la ventana, sólo tenía los ojos cerrados, o tal vez se mirara los pies, no sabía.
La vieja comenzó a cantar. Serruchó el sentido de delicadeza del cerdo con un espantoso y agudo tono, haciendo un uso imposible de las cuerdas vocales, destrozando toda armonía de la majestuosa pieza. Finas gotas de saliva se le escaparon de la abertura formada por los arrugados labios. Él sonrió, pues hacía ya mucho que no la escuchaba cantar. Y le gustó también.
Fue un duro momento de paz, como el mar que retrocede para dar la bienvenida a la ola.
Y entonces lo sintió, ahí llegaba otra vez, trepaba desde sus piernas como una serpiente, la fuerza de la libertad de ser, que lo llenó y se mezcló con el calor en una sola energía. Lo completaba y le deleitaba la sensación de poder que se le empezaba a colar por cada poro, en cada inhalación, con nada nota.
Se levantó del asiento en el que había dejado la gran huella de su trasero y con el pucho a un costado de la boca, dio vueltas, bailó hasta marearse con los brazos al cielo.
-¡Vamos abuela, canta!- gritó, y la vieja enmudeció su canto. Sorprendiéndola por detrás tomó las manijas de la silla y la dio vueltas por todo el lugar, mientras sus alaridos de espanto no confundían, en la cabeza del cerdo animal, la perfecta combinación de sonidos que alguien había logrado.- ¡Vamos abuela! ¡Vamos! ¡No te hagas la puta, abuela, canta!- la mujer estiraba los brazos hacia la cama, deseando alcanzar un trozo de colcha del cual jalar y abalanzarse sobre el colchón. Gritaba desesperada, tan patética con los brazos extendidos, mientras el robusto hombre transpirado y con los ojos al infinito, le hacía bailar desenfrenadamente. Daba vueltas incesantes y su cabeza no encontraba un lugar firme entre las aleatorias órbitas que dibujaba el baile. Las imágenes revoloteaban sin forma, y tal vez, pensó, tal vez esta sí sea mi muerte.
Pero a aquel tipo le resultaba muy divertido su juego, innovadora aquella sensación de libertad. Una ostentosidad exacerbada de soberbia y locura.
-Aaaaaaaaaaaaaaaagghhhhh!- Gritaba ella mostrando hasta el último diente.
- ¡Ya casi termina abuela, ya casi, sólo escucha! ¡Baila conmigo, abuela, bailaaaa!
El clímax de la exitosa melodía acompañó los espasmódicos movimientos del hombre cerdo animal, y así, en un giro final, la señora concluyó la danza de la silla deslizándose hacia el mismo rincón del que había salido en un recorrido de vueltas, subidas y bajadas, con el que al fin quedó suspendida en la normalidad.
El silencio acompañó la cordura. El hombre tomó asiento con el pucho consumido todavía en la boca, sonriendo, mientras veía a la vieja con la cabeza entre los hombros lloriqueando bajo el rayo de sol.
El tipo.
Su aspecto de cerdo congeniaba con el resto de las cosas. Fumaba un asqueroso cigarro mientras miraba a la vieja sentada en la silla al otro lado de la cama, con la espalada encorvada y una manta rosada de hilo colgada de los hombros. Su falda de paño grueso dejaba salir volando partículas polvo reflejadas por el rayo de luz, a cada golpecito que su mano le daba al son de la música. No miraba por la ventana, sólo tenía los ojos cerrados, o tal vez se mirara los pies, no sabía.
La vieja comenzó a cantar. Serruchó el sentido de delicadeza del cerdo con un espantoso y agudo tono, haciendo un uso imposible de las cuerdas vocales, destrozando toda armonía de la majestuosa pieza. Finas gotas de saliva se le escaparon de la abertura formada por los arrugados labios. Él sonrió, pues hacía ya mucho que no la escuchaba cantar. Y le gustó también.
Fue un duro momento de paz, como el mar que retrocede para dar la bienvenida a la ola.
Y entonces lo sintió, ahí llegaba otra vez, trepaba desde sus piernas como una serpiente, la fuerza de la libertad de ser, que lo llenó y se mezcló con el calor en una sola energía. Lo completaba y le deleitaba la sensación de poder que se le empezaba a colar por cada poro, en cada inhalación, con nada nota.
Se levantó del asiento en el que había dejado la gran huella de su trasero y con el pucho a un costado de la boca, dio vueltas, bailó hasta marearse con los brazos al cielo.
-¡Vamos abuela, canta!- gritó, y la vieja enmudeció su canto. Sorprendiéndola por detrás tomó las manijas de la silla y la dio vueltas por todo el lugar, mientras sus alaridos de espanto no confundían, en la cabeza del cerdo animal, la perfecta combinación de sonidos que alguien había logrado.- ¡Vamos abuela! ¡Vamos! ¡No te hagas la puta, abuela, canta!- la mujer estiraba los brazos hacia la cama, deseando alcanzar un trozo de colcha del cual jalar y abalanzarse sobre el colchón. Gritaba desesperada, tan patética con los brazos extendidos, mientras el robusto hombre transpirado y con los ojos al infinito, le hacía bailar desenfrenadamente. Daba vueltas incesantes y su cabeza no encontraba un lugar firme entre las aleatorias órbitas que dibujaba el baile. Las imágenes revoloteaban sin forma, y tal vez, pensó, tal vez esta sí sea mi muerte.
Pero a aquel tipo le resultaba muy divertido su juego, innovadora aquella sensación de libertad. Una ostentosidad exacerbada de soberbia y locura.
-Aaaaaaaaaaaaaaaagghhhhh!- Gritaba ella mostrando hasta el último diente.
- ¡Ya casi termina abuela, ya casi, sólo escucha! ¡Baila conmigo, abuela, bailaaaa!
El clímax de la exitosa melodía acompañó los espasmódicos movimientos del hombre cerdo animal, y así, en un giro final, la señora concluyó la danza de la silla deslizándose hacia el mismo rincón del que había salido en un recorrido de vueltas, subidas y bajadas, con el que al fin quedó suspendida en la normalidad.
El silencio acompañó la cordura. El hombre tomó asiento con el pucho consumido todavía en la boca, sonriendo, mientras veía a la vieja con la cabeza entre los hombros lloriqueando bajo el rayo de sol.
jueves, 8 de octubre de 2009
viernes, 2 de octubre de 2009
Mito Japones
Tokio, los japoneses y el arroz son un mito. Pero esto no.
Cuando te llevan a Japón te llevan a Filipinas, y te arman un teatro de un mundo pequeño, porque dichas últimas islas no prestan a los productores demasiado territorio. Estados Unidos se ocupó de todo, lo cual no sorprende a nadie, ellos tienen a Hollywood. Y tienen el petróleo y el dinero ¿verdad? Todo fue algo así como una aventura safari en 1941.
En fin, los estudiantes japoneses (o filipinos) se reunieron en un escenario poco propio de la rutina, se miraron las persianas entornadas y lo hicieron. Al mismo tiempo, sin dudarlo, porque detrás de las falditas y las mochilitas cuadradas había unos seres muy entusiastas.
Ahora, vamos a la verdad:
Era de la modernidad y todas las artes de Tokio: autos, edificios, publicidad, luces de colores, locura, humedad, metal, etcétera, todo se combina en una masa pastosa, en una sopa de un montón de conexiones eléctricas. Los zumbidos te atraviesan el cerebro quién sabe cuántas veces por segundo y uno no se da ni cuenta. El coco de los pobres actores filipinos está en la ruina, y con sus cuerpecitos de asiáticos lo sostienen todo: la historia, la tortura, las guerras, el amor, las patologías. Casi como cualquiera de nosotros.
Y este grupo no era la excepción.
Ahora, la verdad de la verdad:
La verdad es que los japonecitos llegaron a lo que pareció el fin de todo. Sin saber realmente si el fin les marcó su destino o ellos se marcaron poniendo un final. No aguantaron y lo hicieron. Casi todo el trayecto en silencio, como era de esperar.
Tanta pero tanta sopa tenían dentro que incluso esa mañana sintieron culpa de no ir a estudiar. Se encontraron como peones de ajedrez de cabezas negras en el jardín de Haruto, el único que tenía auto.
Un poco les resultaba jocoso, algo cibernética la experiencia de acabar con ellos mismos, así que subieron a la movilidad en conjunto como si fuese el punto de inflexión del que uno tiene que gozar y tomar conciencia precisa, el paso decisivo, tal vez honorífico (seguro valiente) que les llevó allá.
En el camino Haruto metió la mano dentro del pantalón de Ryo y lo acarició un rato. A Ryo no le importó demasiado ni hizo nada al respecto. Tampoco Haruto ni ninguno de ellos.
Demoraron un rato en llegar allá donde ya no se escuchaba el ruido de la aglomeración. Tokio ya se levantaba lejos como una Godzilla digna de burla.
Ahora helo aquí a este grupo de víctimas en círculo, sobre pasto amarillo, desubicados y desnudos como carne para lobos.
Hana saca un frasquito con líquido y lo mira. Todos la miran, porque dice mucho ¿no? Es decir, la forma de hacerlo doce mucho sobre quiénes son. Y ahora están más unidos que nunca, de alguna forma se levantarán juntos al cielo si lo hacen en un acto de ritualidad tan puro como el sexo, así que definitivamente importa.
Importa con quien te acuestas, importa con quién te matas y es así.
Haruto sacó un cuchillo ancestral. Le tiene respeto y lo demuestra con una caricia. Ryo espera su turno para sacar también un cuchillo, y Ayaka no muestra su paquete de pastillas blancas sino hasta cuando es debido.
Fue fácil. Fue rápido, fue frío, y fue verdadero. Eran filipinos sí, ¿lo sabían? No, no lo sabían. Eran estrellas, pero tampoco lo sabían, y tenían unas faldas pero que muy cortas. Eran japoneses y comían alambrado eléctrico todo el tiempo.
Los hombres... bueno, los hombres igual que las mujeres quedaron tendidos con los ojos volcados. A fin de cuentas, en el cielo no te preguntan qué sos.
Cuando te llevan a Japón te llevan a Filipinas, y te arman un teatro de un mundo pequeño, porque dichas últimas islas no prestan a los productores demasiado territorio. Estados Unidos se ocupó de todo, lo cual no sorprende a nadie, ellos tienen a Hollywood. Y tienen el petróleo y el dinero ¿verdad? Todo fue algo así como una aventura safari en 1941.
En fin, los estudiantes japoneses (o filipinos) se reunieron en un escenario poco propio de la rutina, se miraron las persianas entornadas y lo hicieron. Al mismo tiempo, sin dudarlo, porque detrás de las falditas y las mochilitas cuadradas había unos seres muy entusiastas.
Ahora, vamos a la verdad:
Era de la modernidad y todas las artes de Tokio: autos, edificios, publicidad, luces de colores, locura, humedad, metal, etcétera, todo se combina en una masa pastosa, en una sopa de un montón de conexiones eléctricas. Los zumbidos te atraviesan el cerebro quién sabe cuántas veces por segundo y uno no se da ni cuenta. El coco de los pobres actores filipinos está en la ruina, y con sus cuerpecitos de asiáticos lo sostienen todo: la historia, la tortura, las guerras, el amor, las patologías. Casi como cualquiera de nosotros.
Y este grupo no era la excepción.
Ahora, la verdad de la verdad:
La verdad es que los japonecitos llegaron a lo que pareció el fin de todo. Sin saber realmente si el fin les marcó su destino o ellos se marcaron poniendo un final. No aguantaron y lo hicieron. Casi todo el trayecto en silencio, como era de esperar.
Tanta pero tanta sopa tenían dentro que incluso esa mañana sintieron culpa de no ir a estudiar. Se encontraron como peones de ajedrez de cabezas negras en el jardín de Haruto, el único que tenía auto.
Un poco les resultaba jocoso, algo cibernética la experiencia de acabar con ellos mismos, así que subieron a la movilidad en conjunto como si fuese el punto de inflexión del que uno tiene que gozar y tomar conciencia precisa, el paso decisivo, tal vez honorífico (seguro valiente) que les llevó allá.
En el camino Haruto metió la mano dentro del pantalón de Ryo y lo acarició un rato. A Ryo no le importó demasiado ni hizo nada al respecto. Tampoco Haruto ni ninguno de ellos.
Demoraron un rato en llegar allá donde ya no se escuchaba el ruido de la aglomeración. Tokio ya se levantaba lejos como una Godzilla digna de burla.
Ahora helo aquí a este grupo de víctimas en círculo, sobre pasto amarillo, desubicados y desnudos como carne para lobos.
Hana saca un frasquito con líquido y lo mira. Todos la miran, porque dice mucho ¿no? Es decir, la forma de hacerlo doce mucho sobre quiénes son. Y ahora están más unidos que nunca, de alguna forma se levantarán juntos al cielo si lo hacen en un acto de ritualidad tan puro como el sexo, así que definitivamente importa.
Importa con quien te acuestas, importa con quién te matas y es así.
Haruto sacó un cuchillo ancestral. Le tiene respeto y lo demuestra con una caricia. Ryo espera su turno para sacar también un cuchillo, y Ayaka no muestra su paquete de pastillas blancas sino hasta cuando es debido.
Fue fácil. Fue rápido, fue frío, y fue verdadero. Eran filipinos sí, ¿lo sabían? No, no lo sabían. Eran estrellas, pero tampoco lo sabían, y tenían unas faldas pero que muy cortas. Eran japoneses y comían alambrado eléctrico todo el tiempo.
Los hombres... bueno, los hombres igual que las mujeres quedaron tendidos con los ojos volcados. A fin de cuentas, en el cielo no te preguntan qué sos.
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