sábado, 14 de noviembre de 2009

Bailando con Ludwig Van B. (2006)

El tocadiscos lo hacía frenéticamente, como un desesperado sexual ávido de música. Giraba paranoico bajo un fuerte rayo de sol que se colaba por la ventana mugrienta. El calor se elevaba más denso que las notas de la sinfonía, traspasando su gruesa piel blanca y drenando gotitas brillantes de sudor.
El tipo.
Su aspecto de cerdo congeniaba con el resto de las cosas. Fumaba un asqueroso cigarro mientras miraba a la vieja sentada en la silla al otro lado de la cama, con la espalada encorvada y una manta rosada de hilo colgada de los hombros. Su falda de paño grueso dejaba salir volando partículas polvo reflejadas por el rayo de luz, a cada golpecito que su mano le daba al son de la música. No miraba por la ventana, sólo tenía los ojos cerrados, o tal vez se mirara los pies, no sabía.
La vieja comenzó a cantar. Serruchó el sentido de delicadeza del cerdo con un espantoso y agudo tono, haciendo un uso imposible de las cuerdas vocales, destrozando toda armonía de la majestuosa pieza. Finas gotas de saliva se le escaparon de la abertura formada por los arrugados labios. Él sonrió, pues hacía ya mucho que no la escuchaba cantar. Y le gustó también.
Fue un duro momento de paz, como el mar que retrocede para dar la bienvenida a la ola.
Y entonces lo sintió, ahí llegaba otra vez, trepaba desde sus piernas como una serpiente, la fuerza de la libertad de ser, que lo llenó y se mezcló con el calor en una sola energía. Lo completaba y le deleitaba la sensación de poder que se le empezaba a colar por cada poro, en cada inhalación, con nada nota.
Se levantó del asiento en el que había dejado la gran huella de su trasero y con el pucho a un costado de la boca, dio vueltas, bailó hasta marearse con los brazos al cielo.
-¡Vamos abuela, canta!- gritó, y la vieja enmudeció su canto. Sorprendiéndola por detrás tomó las manijas de la silla y la dio vueltas por todo el lugar, mientras sus alaridos de espanto no confundían, en la cabeza del cerdo animal, la perfecta combinación de sonidos que alguien había logrado.- ¡Vamos abuela! ¡Vamos! ¡No te hagas la puta, abuela, canta!- la mujer estiraba los brazos hacia la cama, deseando alcanzar un trozo de colcha del cual jalar y abalanzarse sobre el colchón. Gritaba desesperada, tan patética con los brazos extendidos, mientras el robusto hombre transpirado y con los ojos al infinito, le hacía bailar desenfrenadamente. Daba vueltas incesantes y su cabeza no encontraba un lugar firme entre las aleatorias órbitas que dibujaba el baile. Las imágenes revoloteaban sin forma, y tal vez, pensó, tal vez esta sí sea mi muerte.
Pero a aquel tipo le resultaba muy divertido su juego, innovadora aquella sensación de libertad. Una ostentosidad exacerbada de soberbia y locura.
-Aaaaaaaaaaaaaaaagghhhhh!- Gritaba ella mostrando hasta el último diente.
- ¡Ya casi termina abuela, ya casi, sólo escucha! ¡Baila conmigo, abuela, bailaaaa!
El clímax de la exitosa melodía acompañó los espasmódicos movimientos del hombre cerdo animal, y así, en un giro final, la señora concluyó la danza de la silla deslizándose hacia el mismo rincón del que había salido en un recorrido de vueltas, subidas y bajadas, con el que al fin quedó suspendida en la normalidad.
El silencio acompañó la cordura. El hombre tomó asiento con el pucho consumido todavía en la boca, sonriendo, mientras veía a la vieja con la cabeza entre los hombros lloriqueando bajo el rayo de sol.

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