viernes, 27 de mayo de 2011

Sin Titulo

El mounstruo de las fétidas profundidades genitaloides, duerme. De minúsculo tamaño y suave textura, este temible ser ha tomado la forma de una cabeza. Su boca se abre porque no entiende otra forma de existir, y sus dos redondos ojos verdes están cansados por el momento. No habla, sólo duerme. No come, duerme. Y por favor no insista. Tiene dientes.

lunes, 18 de octubre de 2010

El Señor de los Monos

Lo más estremecedor en el alma es una ciudad en la noche. Cuando todos se meten en sus vidas y cortan el contacto con el mundo, desnudan el asfalto y dan paso a la brisa. Se expone la calavera de una manzana vieja, corren los disfraces a las esquinas y se agazapan en una bola de desperdicios. El silencio grita, el panorama confunde, y todo todo amenaza.
Nadie lo sabe, esto es un secreto. Mi sustento.
Miro el atardecer entusiasmado mientras mastico un pedazo de algo. Nunca puedo evitar sonreír cuando la noche me premia con lo único que es mío, ese secreto.
La gente me mira con desprecio cuando brilla el sol, pero sólo yo se lo que ellos no. Que pronto desaparecerán, que sus caras volarán perdiéndose en la noche como las estrellas, que la ciudad se cubrirá de negro y sólo yo sobreviviré. Y los animales.
Los monos agitan el alambrado, los demás cantan sólo como saben cantar.
Y yo domino el mundo.

martes, 3 de agosto de 2010

El complejo acto humano de hallar la respuesta

Se mete el dedo en la nariz. Un acto más bien digno de ser carente de telencéfalo altamente desarrollado y pulgar oponible, que, para sorpresa del lector tiene fines admirables de amplio conocimiento teórico, capacidad de síntesis mental y aplicación práctica.
Lo saca al mundo y lo mira. Se siente completo, deja fluir el éxtasis que le incita a saltar gemir y dar vueltas sobre su propio eje. Pero logra componerse a último momento, hace de la sustancia en cuestión una bola y lo pega debajo del escritorio. Solo por si acaso.
El baile de los ojos saltones arriba abajo arriba abajo comienza y no termina. Nunca.
La respuesta es ocho. Sí, ocho está bien.

martes, 13 de abril de 2010

Error común

Tuve un sueño extraño. Y en cuanto comienzo a pensarlo, recuerdo que siempre tengo sueños extraños. Naturalmente, pierdo el interés y me distrae el sucesivo protagonista fugaz. Pero por no agraviar la costumbre volveré a caer en el error, y seguro mañana en algún instante me diré “Tuve un sueño extraño”.

martes, 2 de marzo de 2010

Fe De Ratas

Juan el ateo, ese que es ateo hace treinta años y es Juan hace cuarenta y tres, abre los ojos una mañana de domingo y lo sacude la emoción de pensar que en su buzón, el cartero ha depositado una carta de Dios.
Atontado y confundido por tal disparate, sacude la cabeza, se golpea las mejillas y suelta al aire algunas vocales roncas elegidas al azar para que lo arraiguen al mundo real. Pero la emoción lo embriaga y desconcierta aún más a medida que sus sentidos se van adecuando a la vigilia y su idea loca de una carta de Dios se mantiene firme. Siente la necesidad incontrolable de salir corriendo en busca de la carta, pero se controla y endurece las facciones, pone rígidos los brazos mientras en su mente se grita a sí mismo un autoritario “¡NO!” con la voz de su madre (detalle que garantiza los resultados de represión deseados).

Baja las escaleras pensando en preparar café para engañar a la mente, pero no se da cuenta que está olvidando la rutina dominical de quitarse el pijama, ducharse, ponerse las pantuflas y la bata. Ni siquiera se da cuenta que el frío empieza a erizarle la piel, porque su cerebro no hace más que tratar y tratar de pensar en café para no acordarse de esa dulce y atractiva carta celestial.

Prepara el café mientras echa unas miradas furtivas a través de la ventana para comprobar que el buzón esté allí.

Juan el ateo deja el agua hirviendo en la caldera y sale descalzo al jardín, con el corazón latiéndole en la garganta y los pulmones agitados en los oídos, las manos hormigueantes y los músculos contraídos con fuerza. Tiene miedo, le teme a ÉL, a lo que podría decirle, a las responsabilidades que podría encomendarle y a su capacidad de llevarlas a cabo. Le teme a su ira y a su compasión, y, mientras estas emociones le giran alrededor como fantasmas condenados que atormentan al vivo, susurra sin querer un tímido “Ay, Dios” a tiempo que abre la compuerta del buzón, para finalmente encontrarse con el polvoriento vacío habitual y enfrentarse a su incómoda vergüenza atea, que en conjunto con la normalidad le murmuran verdades en el oído.

martes, 23 de febrero de 2010

Aparatos de Colección

La sociedad colecciona cosas, desde aquellas a las que da utilidad práctica hasta esas cuyo único fin se basa en la satisfacción, recreación e hinchazón del ego y la curiosidad humana.
Paradójicamente, el hombre no ve dichos fenómenos ni siente la necesidad de colección tal como el término “colección” podría aplicarse al acto de recopilar estampas en un libro polvoriento, sino que siente el regocijo de amontonarlos, justo detrás del cerebro, en un lugar que le pica desesperadamente. Como es de esperar, la comezón no pasa sino cuando un ente de colección entra en él.
Así es como podemos apreciar a una joven que acaba de transitar el camino de la prohibición vomitando patitos amarillos en el cordón de la vereda, mientras un hombre distraído se come el coco duro de un pan flauta bajo un árbol de otoño. O un hombre maduro recién salido de su oficina donde ha expulsado a gritos sus objetos de colección y abre la boca una vez hace contacto con el viento, dejando salir un arcoíris salpicado de brillantitos infantiles que se elevan hasta el cielo en una exclamación que se puede interpretar casi como “He aquí el jugo de los aparatos de colección que las masas han metido en mi estómago. Maldición, me pican detrás del cerebro hace diez años.”

sábado, 12 de diciembre de 2009

60

-Son los sesenta ¿Entendés?
-No.
Claro que no, no tenía nada que ver. Pero salió a la realidad como de costumbre solían aparecer contextos aleatorios de pedazos de su memoria. Se aferró con fuerza a la cama, la espalda encorvada y torcida hacia un lado, como un tronco y los labios fruncidos.
-Lo siento- dijo. Y la miró con las sejas en alto. Ella se limitó a trazar un mapa con el dedo índice sobre el lienzo de piel de su amante. Conocía todos esos caminos, pero no le apetecía ninguno. No quería pensar en ello, ni en los daños de la habitación.
Lo habían roto todo, y la década no tenía nada que ver con ello. Sólo el éxtasis, la desesperación y el cliché de ser tan humano.
-Quiero ser vampiro.
-Lo sé.

Cuando salieron de allí, él todavía no podía dejar de aferrarse a los objetos. Como si se fuera a volar de cuerpo entero, tomaba el volante haciendo que sus nudillos sobresalieran con fuerza. No hablaba mucho, pero nunca lo hacía. Llevaba puestas esas ropas de terciopelo viejo que tanto le gustaban, y olía a incienso. Una mezcla de almizcle, sal y humedad que despertaban en ella hasta la más insólita de sus fantasías. Esperaban al sereno en una masa de neblina de martes mientras gruesas gotas chorreaban lentamente por el parabrisas del auto. Sabían que tendrían que suplicarle perdón.

-Lo siento- le dijo al sereno. Como si sólo fuese su culpa. Esto le hizo a ella chasquear la lengua y por menos de un segundo se vio escapando de allí, con las piernas fornidas golpeando el asfalto, una tras de otra acompañadas de un ligero jadeo.
El sereno meneó la cabeza en un gesto de resignación. Llevaba la linterna prendida en su mano derecha apuntando al piso y la vista preocupada enfocada en el suelo. Parecía a punto de llorar.
Él, aún aferrado al volante, le miraba con expectativas de salir de allí.
-No pudimos evitarlo.- le dijo. Y el sereno continuó con la vista pegada al piso y la cabeza bailoteando en respuesta negativa.- Son los sesenta