sábado, 12 de diciembre de 2009

60

-Son los sesenta ¿Entendés?
-No.
Claro que no, no tenía nada que ver. Pero salió a la realidad como de costumbre solían aparecer contextos aleatorios de pedazos de su memoria. Se aferró con fuerza a la cama, la espalda encorvada y torcida hacia un lado, como un tronco y los labios fruncidos.
-Lo siento- dijo. Y la miró con las sejas en alto. Ella se limitó a trazar un mapa con el dedo índice sobre el lienzo de piel de su amante. Conocía todos esos caminos, pero no le apetecía ninguno. No quería pensar en ello, ni en los daños de la habitación.
Lo habían roto todo, y la década no tenía nada que ver con ello. Sólo el éxtasis, la desesperación y el cliché de ser tan humano.
-Quiero ser vampiro.
-Lo sé.

Cuando salieron de allí, él todavía no podía dejar de aferrarse a los objetos. Como si se fuera a volar de cuerpo entero, tomaba el volante haciendo que sus nudillos sobresalieran con fuerza. No hablaba mucho, pero nunca lo hacía. Llevaba puestas esas ropas de terciopelo viejo que tanto le gustaban, y olía a incienso. Una mezcla de almizcle, sal y humedad que despertaban en ella hasta la más insólita de sus fantasías. Esperaban al sereno en una masa de neblina de martes mientras gruesas gotas chorreaban lentamente por el parabrisas del auto. Sabían que tendrían que suplicarle perdón.

-Lo siento- le dijo al sereno. Como si sólo fuese su culpa. Esto le hizo a ella chasquear la lengua y por menos de un segundo se vio escapando de allí, con las piernas fornidas golpeando el asfalto, una tras de otra acompañadas de un ligero jadeo.
El sereno meneó la cabeza en un gesto de resignación. Llevaba la linterna prendida en su mano derecha apuntando al piso y la vista preocupada enfocada en el suelo. Parecía a punto de llorar.
Él, aún aferrado al volante, le miraba con expectativas de salir de allí.
-No pudimos evitarlo.- le dijo. Y el sereno continuó con la vista pegada al piso y la cabeza bailoteando en respuesta negativa.- Son los sesenta

martes, 1 de diciembre de 2009

Bitácora

Sobre la costa del mar, un mar revuelto de olas grises y llano azul, cerca de la arena gruesa, en el balcón, sobre la silla reclinable se posaba como una gárgola vieja y fría. Sostenía la copa de licor entre cinco dedos de oro, largos, puntiagudos, y me miraba con los ojos estáticos. La veía por el costado. Con el pelo rubio y peinado, con la seda blanca revoloteando a la brisa y su media sonrisa de acero. Me quería, me deseaba, lo sabía por la forma en que la cabeza se le iba hacia atrás. Por la forma en que los párpados se le caían hasta mis caderas, y por sus pezones duros bajo la blusa. Porque los brazos se le movían gráciles cuando pretendía tocarme y se le humedecía la lengua.
-¿Qué pensaste?- me dijo. Yo miraba al mar sin verlo, soñando con aquello que no podía quitarme de encima. Recordaba y me dolía, me dolía. Se rió largando el aire por la nariz y dio un sorbo con sus labios salados al licor amarillento. Como concluyendo una cátedra brillante y arrogante de sexo impuro. Haciéndome recuerdo de que yo nunca tenía razón. -Pensaste que esa zorra se iba a quedar con vos. Que iban a adoptar bebés y se iban a limpiar la mierda mutuamente.
No tuve más que mirarme las manos. Casi invisibles.
Negué con la cabeza y miré a donde no podía verla. Saqué el frasco habitual del bolsillo del pantalón y puse la lámina en mi lengua.
-Vení- gruñó y me atrajo hacia ella de un tirón. Sentía la lámina disolverse dentro de mi boca, y sus senos bajo los mios. Se los toqué y un hierro frío me atravesó el estómago. Me besó el cuello y los recuerdos ardieron aún más.- Sos una puta.- murmuró en mi oreja, y la lamió excitada, hambrienta, loca.
No pude evitarlo, me puse a llorar. La odiaba, ella era el envase de todos mis males, la cocaina de mi adicción, la llaga de mi garganta, el demonio de mi universo. Sucia. Siempre mostrando sus arrugas, vieja, estúpida, tan llena de olores y provocaciones, me asqueaba con su violencia, con esas manos rápidas y ausentes que revolvían mi pelo.
La separación de mi cuerpo la dejó decepcionada, con el rostro perturbado y las piernas abiertas.
Mis lágrimas no le provacaban lástima, mucho menos ternura. Mi mirada herida no le hacía recuerdo de nada, mi juventud sólo era un dulce de colores, y su egoísmo la envolvía en la vejez.
Corrí, me deslicé entre suntuosos artefactos, tan fríos e insípidos como su sexo, y al llegar al espacioso dormitorio, con el mar a mis espaldas rugiendo furioso y el viento agitando el vidrio, abrí el armario. Allí estaba ella. Tan hermosa, tan muerta. Perfectamente colocada de costado, con la cara aún intacta, manchada de tintes rosados. Entre la ropa cara, entre zapatos de aguja, se colaba el cuerpo de mi amada. Mi abandonada, mi alma.
-¿Dónde estabas? - No respondió.- ¿Para qué te busco siempre, siempre, siempre, siempre si estás tan muerta?
Caí de rodillas y hundí la cara entre mis manos. Lloré y vomité la alfombra, hasta sentir un tirón en la espalda. La vieja escuálida me arrastraba de la camisa, yo aún sumida en mis pesadillas, sintiendo el reflujo de sus horribles besos alrededor de mi cuello como bichos. Con el olor de sus piernas en mis mejillas y las manos enchastradas de jugosa fruta ácida.
-Puta.- me dijo una vez más y me dio un puntapié en un costado. Se agachó, me corrió el pelo de la cara mientras largaba el humo del cigarro. Luego la vi alejándose montada en sus tacos altos y la seda transparente cayendo en una cascada todo a su alrededor. Era tan sexy. Atravesó la mampara de vidrio y se sentó en la misma silla a contemplar el mar. Aspiró cocaína y me invitó a comer.