lunes, 18 de octubre de 2010

El Señor de los Monos

Lo más estremecedor en el alma es una ciudad en la noche. Cuando todos se meten en sus vidas y cortan el contacto con el mundo, desnudan el asfalto y dan paso a la brisa. Se expone la calavera de una manzana vieja, corren los disfraces a las esquinas y se agazapan en una bola de desperdicios. El silencio grita, el panorama confunde, y todo todo amenaza.
Nadie lo sabe, esto es un secreto. Mi sustento.
Miro el atardecer entusiasmado mientras mastico un pedazo de algo. Nunca puedo evitar sonreír cuando la noche me premia con lo único que es mío, ese secreto.
La gente me mira con desprecio cuando brilla el sol, pero sólo yo se lo que ellos no. Que pronto desaparecerán, que sus caras volarán perdiéndose en la noche como las estrellas, que la ciudad se cubrirá de negro y sólo yo sobreviviré. Y los animales.
Los monos agitan el alambrado, los demás cantan sólo como saben cantar.
Y yo domino el mundo.

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