La sociedad colecciona cosas, desde aquellas a las que da utilidad práctica hasta esas cuyo único fin se basa en la satisfacción, recreación e hinchazón del ego y la curiosidad humana.
Paradójicamente, el hombre no ve dichos fenómenos ni siente la necesidad de colección tal como el término “colección” podría aplicarse al acto de recopilar estampas en un libro polvoriento, sino que siente el regocijo de amontonarlos, justo detrás del cerebro, en un lugar que le pica desesperadamente. Como es de esperar, la comezón no pasa sino cuando un ente de colección entra en él.
Así es como podemos apreciar a una joven que acaba de transitar el camino de la prohibición vomitando patitos amarillos en el cordón de la vereda, mientras un hombre distraído se come el coco duro de un pan flauta bajo un árbol de otoño. O un hombre maduro recién salido de su oficina donde ha expulsado a gritos sus objetos de colección y abre la boca una vez hace contacto con el viento, dejando salir un arcoíris salpicado de brillantitos infantiles que se elevan hasta el cielo en una exclamación que se puede interpretar casi como “He aquí el jugo de los aparatos de colección que las masas han metido en mi estómago. Maldición, me pican detrás del cerebro hace diez años.”
martes, 23 de febrero de 2010
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