viernes, 2 de octubre de 2009

Mito Japones

Tokio, los japoneses y el arroz son un mito. Pero esto no.
Cuando te llevan a Japón te llevan a Filipinas, y te arman un teatro de un mundo pequeño, porque dichas últimas islas no prestan a los productores demasiado territorio. Estados Unidos se ocupó de todo, lo cual no sorprende a nadie, ellos tienen a Hollywood. Y tienen el petróleo y el dinero ¿verdad? Todo fue algo así como una aventura safari en 1941.
En fin, los estudiantes japoneses (o filipinos) se reunieron en un escenario poco propio de la rutina, se miraron las persianas entornadas y lo hicieron. Al mismo tiempo, sin dudarlo, porque detrás de las falditas y las mochilitas cuadradas había unos seres muy entusiastas.


Ahora, vamos a la verdad:

Era de la modernidad y todas las artes de Tokio: autos, edificios, publicidad, luces de colores, locura, humedad, metal, etcétera, todo se combina en una masa pastosa, en una sopa de un montón de conexiones eléctricas. Los zumbidos te atraviesan el cerebro quién sabe cuántas veces por segundo y uno no se da ni cuenta. El coco de los pobres actores filipinos está en la ruina, y con sus cuerpecitos de asiáticos lo sostienen todo: la historia, la tortura, las guerras, el amor, las patologías. Casi como cualquiera de nosotros.
Y este grupo no era la excepción.


Ahora, la verdad de la verdad:

La verdad es que los japonecitos llegaron a lo que pareció el fin de todo. Sin saber realmente si el fin les marcó su destino o ellos se marcaron poniendo un final. No aguantaron y lo hicieron. Casi todo el trayecto en silencio, como era de esperar.
Tanta pero tanta sopa tenían dentro que incluso esa mañana sintieron culpa de no ir a estudiar. Se encontraron como peones de ajedrez de cabezas negras en el jardín de Haruto, el único que tenía auto.
Un poco les resultaba jocoso, algo cibernética la experiencia de acabar con ellos mismos, así que subieron a la movilidad en conjunto como si fuese el punto de inflexión del que uno tiene que gozar y tomar conciencia precisa, el paso decisivo, tal vez honorífico (seguro valiente) que les llevó allá.
En el camino Haruto metió la mano dentro del pantalón de Ryo y lo acarició un rato. A Ryo no le importó demasiado ni hizo nada al respecto. Tampoco Haruto ni ninguno de ellos.
Demoraron un rato en llegar allá donde ya no se escuchaba el ruido de la aglomeración. Tokio ya se levantaba lejos como una Godzilla digna de burla.

Ahora helo aquí a este grupo de víctimas en círculo, sobre pasto amarillo, desubicados y desnudos como carne para lobos.
Hana saca un frasquito con líquido y lo mira. Todos la miran, porque dice mucho ¿no? Es decir, la forma de hacerlo doce mucho sobre quiénes son. Y ahora están más unidos que nunca, de alguna forma se levantarán juntos al cielo si lo hacen en un acto de ritualidad tan puro como el sexo, así que definitivamente importa.
Importa con quien te acuestas, importa con quién te matas y es así.
Haruto sacó un cuchillo ancestral. Le tiene respeto y lo demuestra con una caricia. Ryo espera su turno para sacar también un cuchillo, y Ayaka no muestra su paquete de pastillas blancas sino hasta cuando es debido.

Fue fácil. Fue rápido, fue frío, y fue verdadero. Eran filipinos sí, ¿lo sabían? No, no lo sabían. Eran estrellas, pero tampoco lo sabían, y tenían unas faldas pero que muy cortas. Eran japoneses y comían alambrado eléctrico todo el tiempo.
Los hombres... bueno, los hombres igual que las mujeres quedaron tendidos con los ojos volcados. A fin de cuentas, en el cielo no te preguntan qué sos.

1 comentario:

  1. "A fin de cuentas, en el cielo no te preguntan qué sos"...(LIKE)

    ME GUSTO MUCHOO !!! hace de una vez a las enfermeras ^^!

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